No oigo nada más allá de mi silencio inerte. Los gritos en mi interior, llenos de dolor e indignación, no traspasan mi cien.
¿Nadie se percata de mis aullidos de desesperación? Se desgarran hasta convertirse en murmullos agonizantes. A pesar de saber que es en vano, no se rinden, ni desisten al olvido, a la resignación. En última instancia, se acallarán, pero no por mucho, sólo para tomar más fuerzas para continuar.
Se descosen, se estrujan, pero jamás sucumbirán ante el miedo o la derrota. Pero de nada sirve que sólo yo los escuche. Conozco de memoria su libreto, aunque a veces me sorprenden con alguna queja nueva.
Ilusa yo, que pase años tratando de acallarlos. Inocente yo, que se los transmití ciegamente a los demás. Cobarde yo, que tardé en aceptar, que sí no los oían los de afuera, era porque era yo quién los debía escuchar.
compartimos ese silencio inerte, me ha agradado visitarte
ResponderEliminar